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La isla siniestra de Martin Scorsese

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Me gustaría realizar, entender, ver y preservar el cine como lo recrea Martin Scorsese en su mente. Él es capaz de hablar con maestría y generosidad de su oficio y de las películas de sus compañeros de profesión. También es capaz de acentuar para siempre las dotes actorales de DiCaprio, de De Niro; de atacar con devoción y maestría la compleja novela de Katzanzakis, La última tentación de Cristo, y la vida del Dalai Lama en Kundun. Su apariciencia anacrónica y aburrida parece no corresponder con su grandeza fílmica ni con su sabiduría. El maestro Scorsese, congruente con la obsesión que ha dado sentido a su filmografía, nos entrega otra bella pieza de colección en La isla siniestra (Estados Unidos, 2010). Su cine al mirarnos, ahora desde la locura, nos empuja a pensar y a repensar en los caminos que el entendimiento tiene para preservar nuestra identidad y nuestra alma. Al enfrentar a los contrarios artísticos y mantenerlos suspendidos, Scorsese crea un entramado complejo de tensión permanente, con una vuelta de tuerca final que estremece y revela. El cine de Scorsese deja preguntas en nuestra conciencia, nos reconcilia con el arte del cine y nos hace rogar por más de metros de cinta esculpidos desde su mirada, su luz y su inteligencia.

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